La Navidad como lenguaje simbólico
- Georgina Schravesande Gutierrez
- 19 dic 2025
- 6 Min. de lectura
Leer lo que celebramos más allá de lo que nos dijeron
En México, la Navidad no llegó a un territorio vacío. Llegó a tierras donde ya existían calendarios complejos, observaciones solares precisas y una relación profunda con los ciclos de la Tierra. Aquí, diciembre no era un invierno de encierro absoluto, sino un tiempo de transición: días aún soleados, trabajo que continúa, cosechas presentes, frío que aparece en la noche y en la sombra.
Cuando la celebración cristiana se superpuso a este paisaje, no borró lo que había: se acomodó. Se mezcló con rituales comunitarios, con altares, con flores, con caminatas, con fuego compartido. La Navidad se volvió más solar que invernal, más territorial que climática, reinterpretada desde este suelo. Por eso, aunque hoy la vivamos como una fecha fija, la Navidad no es solo una celebración: es un lenguaje antiguo, tejido con símbolos que el cuerpo reconoce incluso cuando la mente ya no los cuestiona.
Celebramos sin saber del todo qué. Repetimos gestos heredados. Y quizá por eso, aun cuando no somos religiosas, aun cuando no vivimos rodeadas de nieve ni de noches interminables, algo en estas fechas nos toca fibras muy profundas.
La Navidad no se entiende solo con palabras. Se entiende leyendo sus símbolos. Sigue leyendo para leer más sobre ellos:

El regreso de la luz: el pulso del ciclo
En el hemisferio norte, la Navidad coincide con el solsticio de invierno: el punto más oscuro del año, cuando el Sol parece detenerse y luego comienza lentamente a regresar. Este umbral fue celebrado miles de años antes del cristianismo, en festividades como Yule o las Saturnales, ligadas a los ciclos solares y agrícolas.
El cristianismo colocó el nacimiento de Jesús en este momento, resignificando el regreso del Sol como el nacimiento de una luz espiritual. El símbolo es el mismo: cuando todo parece quieto, algo vuelve a nacer.
En Mesoamérica, aunque no haya nieve ni noches tan largas, también se reconocía este tiempo como un momento de observación solar, de reordenamiento y preparación del siguiente ciclo. La Tierra no está muerta: sigue siendo productiva, hay cosechas, hay trabajo, hay sol durante el día y frío solo en la sombra y en la noche. El invierno aquí no es ausencia, sino otro ritmo.
Reunirnos: volver al círculo
Desde tiempos muy antiguos, el invierno fue una estación de supervivencia colectiva. Cuando el frío y la oscuridad se intensificaban, reunirse alrededor del fuego no era un gesto romántico, sino una necesidad vital. Compartir alimento, calor, historias y presencia aseguraba la continuidad del grupo.
Ese impulso sigue vivo. Nos reunimos porque el cuerpo recuerda que en la oscuridad no se camina sola. Incluso cuando las reuniones son complejas o incómodas, el gesto profundo permanece: volver al círculo, reconocernos parte de algo más grande que nos sostiene.
El árbol: la vida que no se rinde
Mucho antes de convertirse en objeto decorativo, el árbol perenne fue un símbolo poderoso. Los pueblos del norte llevaban ramas verdes al interior de sus hogares como recordatorio de que la vida no desaparece en invierno, solo se repliega.
El pino o el abeto, que permanecen verdes incluso en el frío, representaban resistencia, continuidad y esperanza. Decorar el árbol era un acto ritual: colgar frutos, semillas, luces y símbolos solares, marcándolo como árbol sagrado del hogar, eje entre cielo, tierra y raíces.
Traer el bosque adentro cuando afuera todo parece dormir es un gesto profundamente humano.
Santa Claus: el anciano del invierno
Santa Claus no nace del marketing, aunque hoy lo asociemos a él. Es una figura compuesta por múltiples capas culturales: San Nicolás, Sinterklaas, Odín y antiguas figuras chamánicas vinculadas al invierno, al viaje entre mundos y al uso del Amanita muscaria, el hongo rojo y blanco que crece bajo los pinos.
El anciano barbado que viaja en la noche y trae regalos es un arquetipo antiguo: el sabio del invierno, el mensajero que aparece cuando el mundo está quieto.
La imagen moderna —traje rojo brillante, figura robusta y sonrisa amable— se consolidó en el siglo XX con campañas publicitarias como las de Coca-Cola, transformando al portador simbólico de dones en un ícono del consumo. Reconocer esta capa no le quita magia al símbolo; nos permite rescatar su sentido profundo: en el tiempo más oscuro, alguien llega con regalos que no siempre son materiales.
Dar regalos: la ofrenda
Dar regalos en invierno no era un acto superficial. Era una forma de redistribuir recursos, fortalecer alianzas y cuidar al grupo. Un gesto de gratitud y reconocimiento mutuo.
El regalo dice: te veo, te reconozco, seguimos juntas un ciclo más. Como toda ofrenda, su valor no está en el tamaño, sino en la intención.
Luces, velas y fuego: habitar la noche
En la noche más larga, la luz se vuelve sagrada. Encender velas, fogatas o pequeñas luces no es negar la oscuridad, sino habitarla con conciencia. Cada llama recuerda que la claridad no desapareció, solo espera. Que incluso en la quietud hay vida latiendo.
Coronas, estrellas y campanas: el lenguaje del tiempo
La corona circular habla del ciclo que no se rompe, del tiempo que gira sin principio ni fin. Colgarla en la puerta marca el hogar como un espacio consciente del paso de las estaciones.
Las campanas limpian, anuncian, llaman a reunirse. La estrella orienta, guía, recuerda que incluso en la noche hay señales. Nada está ahí por azar.
El nacimiento cristiano: lo divino encarnado
La historia del nacimiento de Jesús no es solo un relato religioso, sino un símbolo profundamente corporal. En la tradición cristiana, Dios no nace en el poder ni en el lujo, sino como un niño vulnerable, en contacto directo con la tierra, los animales y el cuerpo humano.
El pesebre afirma algo radical: lo sagrado habita lo humilde. La luz nace en la fragilidad. María es cuerpo, sangre, parto. Lo divino se hace carne.
El cristianismo primitivo tomó el lenguaje del solsticio —el renacer de la luz— y lo tradujo en una historia concreta, accesible y encarnada. La Navidad cristiana no niega los ciclos de la Tierra: los habita.
Las posadas: pedir y dar refugio
Las posadas son uno de los símbolos más potentes de la Navidad en México. Más allá del relato bíblico, son un rito de tránsito colectivo.
Caminar juntos, cantar, tocar puertas, ser rechazados antes de encontrar un espacio donde entrar, compartir fuego y alimento caliente al final del recorrido construye un lenguaje profundo sobre hospitalidad y cuidado mutuo.
Dar posada no es solo abrir una puerta física. Es abrir un espacio interno, un hogar simbólico, una disposición a recibir lo nuevo.
Bebidas calientes: el calor que se comparte
En muchas culturas, el invierno se acompaña de bebidas calientes: caldos, infusiones, vinos especiados, ponches. Más allá de su origen, el símbolo es universal.
Beber algo caliente es cuidar el cuerpo desde dentro, crear pausa y sostener la reunión. En México, este gesto vive en el ponche, los atoles y los tés nocturnos. Beber juntas es decir con el cuerpo: aquí hay calor, aquí hay tiempo.
La flor de Nochebuena: la Tierra que florece
La cuetlaxóchitl, flor nativa y sagrada desde tiempos prehispánicos, florece justo en este umbral del año. Su rojo intenso, asociado a la vida, la sangre y el Sol, recuerda que incluso cuando el ciclo solar está en su punto más bajo, la vida se manifiesta.
Integrarla en casas y altares es honrar una Navidad que sí nació de esta tierra.
El ruido y los cohetes: anunciar el cambio
Aunque los cohetes llegaron con la colonia, el uso del sonido para marcar transiciones dialoga con prácticas antiguas de este territorio, donde tambores, caracoles y cantos señalaban momentos rituales. En la Navidad mexicana, el ruido no es interrupción: es anuncio. Marca el paso de un ciclo a otro y le dice a la noche que algo nuevo está comenzando.
La Navidad como umbral
La Navidad no exige alegría forzada. Invita a la presencia.
Es una pausa, un recogimiento, un momento para honrar lo vivido y abrir espacio para lo que quiere nacer. No importa cómo la celebres ni desde qué tradición te acerques. Importa cómo la habitas.
Porque, más allá de credos, geografías y épocas, la Navidad sigue siendo eso: un lenguaje simbólico que nos recuerda que incluso en la noche más larga…la vida continúa. Abrazos, y feliz Navidad, Geo




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