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Un canto soñado: memoria de un umbral

Desperté con un canto en el cuerpo.

No con una melodía exacta, ni con palabras completamente nítidas, sino con un ritmo que seguía ahí, como cuando el sonido de un río permanece aun después de abrir los ojos. Lo primero que hice fue buscar en internet canciones sobre la muerte en otomí. No sabía bien por qué; no tenía una explicación clara, solo la sensación de que por ahí iba el hilo.

Así encontré este canto en Hñähñu (otomí):

Danthe togui togui El río pasa, pasa Hin hambi tegue. Nunca cesa. Ndahi togui togui El viento pasa, pasa Hin hambi tegue. Nunca cesa. Nbui togui… La vida pasa… Hin hambi pengui. Nunca regresa.

Al leerlo, algo en mí dijo . No porque fuera exactamente lo que había soñado, sino porque tocaba el mismo lugar.


El sueño

En el sueño estaba con mis primas y con mi familia. Había una actividad que iba a suceder, algo parecido a un evento o ceremonia, y cada persona se preparaba para cumplir su rol. Yo sabía que el mío dependía de dos hombres que todavía no llegaban, aunque no sabía quiénes eran.

Cuando llegaron, fuimos a un espacio parecido a vestidores para cambiarnos. Uno de los hombres empezó a correr y a moverse de forma extraña, casi como volando, y fue invadiendo los vestidores. Los llenó de telarañas. Cuando quise entrar, todos los accesos estaban clausurados, con letreros que decían que no se podía pasar porque se habían visto seres ahí dentro.

Salí nerviosa. Sentía urgencia porque ya casi era nuestro turno y veía cómo las demás personas se subían a sus carruajes.

Entonces apareció el otro hombre. Con mucha calma me dijo que no me preocupara, que fuera a vestirme. Le hice caso. Cuando regresé, ya solo quedaba nuestro carruaje. No era realmente un carruaje, sino una plataforma jalada por una carreta. Sobre la plataforma había dos sillas: una sencilla, a la izquierda, y otra al centro, con forma de calavera.

En ese momento todo tuvo sentido. Éramos la pareja de la muerte, y por eso éramos los últimos.

Yo pensé que la silla de calavera era para él, pero él la movió ligeramente para que yo me sentara ahí. Se colocó detrás de mí, me abrazó pasando sus brazos por los costados de la silla, y empezó a decirme lo que yo tenía que recitar. No hablaba por mí: me acompañaba. Sentí con claridad que había llegado para apoyarme.

Entonces comenzó el canto.

A mi lado derecho, sobre la plataforma, aparecieron seis mujeres mayores, sentadas en el piso. También cantaban. Eran mujeres indígenas, con el cabello recogido en chongos y trenzas. Yo llevaba falda y rebozo.

Las palabras no eran español. Eran frases cortas, de pocas palabras, que se repetían una y otra vez. No recuerdo el idioma con certeza —podía ser otomí, podía ser náhuatl—, pero sí recuerdo que primero cantábamos en esa lengua.

Después, algo cambiaba.

Empezábamos a cantar en español, mucho más fuerte, y desde un lugar muy profundo del pecho. La frase que recuerdo con claridad es esta:

“Canto por mis hijos y por las abuelas.”

Esa frase sí me salía con seguridad. Con cuerpo. Con verdad.

Luego bailábamos. Primero yo sola. Luego una de las abuelas bailaba con el hombre. Después él y yo bailábamos juntos, y aunque él me acompañaba, yo marcaba el ritmo.

Una de las abuelas me preguntó si ya tenía hijos. Me dijo que, de ser así, tendría que llevar el pelo corto. Le respondí que no. Yo seguía bailando con el pelo largo, suelto.

Y ahí desperté.

Una lectura posible

Este sueño no se siente como un anuncio ni como una respuesta cerrada, sino como una escena ritual que se dejó ver.

Estamos en invierno. En la Rueda de la Medicina, esta es la temporada del silencio, de la muerte simbólica, del descenso. El tiempo en el que la tierra parece detenerse por fuera, pero sigue trabajando por dentro. El tiempo de los sueños, de los ancestros, de lo que se acomoda en la raíz.

No es casual que este sueño haya llegado ahora.

La muerte no aparece como final, sino como umbral. Como un lugar que se cruza acompañada. Como una función que no anuncia pérdida, sino cuidado del paso.

El canto en otomí nombra algo simple y profundo:el río pasa y no se detiene, el viento pasa y no se detiene, la vida pasa y no regresa. Y, aun así, se canta.

La frase en español —canto por mis hijos y por las abuelas— aparece como un puente. No cantar solo por lo que fue ni solo por lo que vendrá, sino por ambos al mismo tiempo. Como si el canto necesitara mirar hacia atrás antes de permitir que algo nuevo llegue.

Las abuelas no dirigen el ritual, pero sin ellas nada sucede. Están ahí para sostener el ritmo, la memoria, la continuidad. La pregunta por los hijos no suena a presión, sino a ubicación: ¿desde dónde estoy ahora? Y la respuesta es clara, honesta, viva.

La silla de calavera no es castigo ni amenaza. Es lugar .Un lugar que se ocupa cuando algo importante está por cruzar. No se ocupa sola. Hay quien acompaña, quien sostiene, quien recuerda cuando hace falta.

El cabello largo, suelto, dice otra cosa con claridad: todavía hay vida danzando. Todavía hay tiempo. Todavía no es momento de cortar.

Quizá este sueño no viene a anunciar nada concreto. Quizá viene a mostrar que el umbral está siendo cuidado.

Que antes de que algo nazca, alguien se sienta a sostener el paso.

Para cerrar

No sé si este canto pertenece a una tradición específica, ni creo que eso sea lo más importante. Sé que apareció en un momento preciso, cuando varias capas de mi vida —el invierno, el trabajo terapéutico con el linaje, mi trabajo de pareja, la relación con la madre y la decisión reciente de abrirnos a la posibilidad de un embarazo— estaban tocando el mismo punto.

Algunas cosas pasan sin cesar. Otras no regresan.

Y, aun así,cantamos.

Por los que fueron. Por los que vendrán. Por las abuelas. Por los hijos.

Y por la vida que sigue pasando, ahora mismo.

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